El canto a través de la memoria

Hay que poner atención a las partituras y para eso debe contarse el cuento entero. El escenario es la iglesia San Roque, en Santa Cruz de la Sierra, en el oriente de Bolivia. Sala llena, los dignatarios ya dieron discursos. La Barroca del Suquía de Manfredo Kraemer está interpretando la Battalia de Heinrich I. F. Biber. El público se pondrá de pie para los aplausos finales. Afuera, bajo la lluvia, los patrulleros mantienen la calle cortada. Las parabólicas de los móviles de televisión apuntan al cielo y los reporteros intercambian información para las portadas de los periódicos. Sensación de gran acontecimiento en el aire.
Pasaron casi diez días desde aquello. Mañana cerrará la novena edición del Festival Internacional de Música Renacentista y Barroca Americana “Misiones de Chiquitos”. Durante once jornadas unos 700 intérpretes de casi veinte países habrán completado unos 120 conciertos en una docena de pueblos del interior de los departamentos de Santa Cruz y Tarija. Es el festival de música antigua más grande del continente y para entender las razones es necesario colocar las notas al pie de página.
Estas notas pueden segregarse como efemérides desglosadas. San Ignacio de Loyola fundó la Compañía de Jesús en 1540. Los jesuitas llegaron al oriente boliviano en el siglo XVII. Las misiones se repartían en dos grandes grupos: las de Moxos, al Norte, a partir de 1681; las de Chiquitos, al Oeste de Santa Cruz, a partir de 1691. En 1767 la orden jesuita fue expulsada de América. En 1990 seis pueblos de la Chiquitanía (San José de Chiquitos, San Javier, Concepción, San Rafael, Santa Ana, San Miguel) fueron declarados Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco.
En la Chiquitanía la iconografía andina asociada a Bolivia –iconografía devenida artefacto identitario, turístico, una baratija de mercado, un atributo político y cultural– estalla. No hay que tomar Sorojchi Pills por el mal de altura. No hay cactos sino palmeras, guayacanes y palos borrachos (en flor, en esta época, bellísimos). No se ven llamas ni alpacas sino zorros, carpinchos y caimanes. La tierra es roja; en el desayuno se come cuñapé y empanadas de arroz; nadie usa aguayos . Brasil y Paraguay están cerca, se intuyen.
A diferencia de otras misiones del continente, las del oriente boliviano siguieron habitadas, dieron paso a pueblos, la vida cotidiana prevaleció. En los años 70 del siglo XX, al remodelarse los templos, se encontraron millares de partituras con composiciones indias, españolas, mestizas, de los siglos XVII y XVIII. 
“En días festivos se oye una música excelente de voces e instrumentos: órganos, arpas, violines, flautas y chirimías”, escribió un observador en 1773, cuando los jesuitas ya habían sido expulsados. La música permaneció. Los chicos de estos pueblos aprenden a tocar el violín, a cantar, a afinar órganos. Aprenden el oficio del lutier, del carpintero, del esteta. Empiezan a tocar solos, preguntan, a veces obtienen una beca, se van a Santa Cruz o Cochabamba o Sucre, vuelven con nuevos trucos, los enseñan.
Cada biografía supone cruces culturales, negociaciones, aprendizajes y desaprendizajes. Por eso las partituras van en el centro del cuento. No como artefacto recuperado ni reservorio de la tradición, sino como símbolo, objeto sagrado, talismán: la legitimidad misma del acto de ejecutar y escuchar esta música.
En la iglesia del pequeñísimo pueblo de Santa Ana, que está lejos, bien lejos en la selva, el cuento se convierte en historia. Un hombre toca el violín que aprendió a afinar con una rima sobre tragos y borracheras; otros dos hombres tocan bombo y tambor; cuatro azucenas viejitas, las damas del cabildo, cantan la misa en chiquitano. Estos elementos, combinados, crean una cacofonía única. Las composiciones pueden encontrarse en textos, pero estas personas no saben descifrar sus códigos: el canto se mueve a través de la memoria, de ancianos a jóvenes. La partitura legitima el ritual como totalidad. Cuando los jesuitas fueron expulsados, los copistas no dudaron de que debían seguir transcribiendo esos textos: a veces comprendían los signos, en general no. Pero era importante que esos textos formaran parte de los rituales litúrgicos, como la Biblia, aún cuando quien recita el texto en latín no sepa leerlo. Todo esto no se suma a la música como contexto; más bien, la atraviesa. El cuento entero trata de partituras; son las viejas cantando en chiquitano las que consuman la alquimia: convierten un trozo de papel en magia. En ocasiones, también en fe.

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